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LAS VOCES DE LA RAFAELA ANCESTRAL

Rafaela: ciudad nacida de la pujanza de inmigrantes, con sus once familias fundadoras llegadas de algún lugar del sur de Italia o quizás fuera del sur de España…

Once laboriosas familias que allá, por el año 1880, levantaban con el sudor de sus hombros las primeras construcciones, las primeras siembras de una muy incipiente Rafaela.

Alrededor de 50 personas llenas de esperanzas, con sus costumbres y sus creencias a cuestas,  que debieron enfrentarse a una extensa y virgen llanura, a las vicisitudes del clima, al cambio de tierra, a los malones de esos abominables salvajes de piel oscura….

Absolutamente simplista, palabras más palabras menos, he aquí el discursillo histórico oficial de la formación de nuestra ciudad. Creado a base de una visión idealizadora del inmigrante y demonizadora del indio, que nació de la propia experiencia (y prejuicios) de los primeros, y sobrevivió en el imaginario popular durante décadas. De hecho, los ecos de esta visión aún persisten en el discurso despectivo hacia el negro y los morochos de allá… Nunca de acá.

Rafaela era en aquel tiempo, y así había sido durante siglos, un sitio de paso de tribus nómades… Pero, ¿qué sucedió con los Pueblos Originarios en el período de desarrollo y crecimiento de Rafaela? ¿Qué sucede hoy?

Antes de ensayar con detalles, datos y argumentos un intento de respuesta, debemos aclarar a los lectores algo que seguramente no los sorprenderá y es que, al igual que sucede con tantas otras cuestiones, esta es una temática  de la que poco o nada se habla en nuestra ciudad. Ocupa escaso lugar en la agenda mediática, en las políticas públicas y, cómo no, en el imaginario social de un importante porcentaje de rafaelinos.

Así es, pues son pocas las personas que se preguntan siquiera si en Rafaela subsisten descendientes de antiguas tribus aborígenes de la zona, o si los terrenos que hoy ven levantarse edificios a una velocidad descomunal, fueron alguna vez testigos de la vida en comunidad de hermanos originarios…

Los descendientes hoy

Aunque esta localidad se ha asentado en lo que era una zona de paso para las tribus de la región, por las características del terreno y su lejanía con lagos y ríos, con el transcurso de los años y el desarrollo económico de la localidad, se convirtió en un mercado atractivo para muchos trabajadores golondrinas, con amplias fuentes de trabajo para un importante porcentaje de descendientes de aborígenes.

Estos se dedicaron mayormente a oficios manuales, en general de baja remuneración, como el de hachero, peón rural, carbonero y albañil. Incluso hubo casos en los que la necesidad los llevó a realizar actividades ilegales y algo siniestras. Ejemplo claro de ello, es el famoso Indio Cheremike, un matón al que se le adjudican numerosos episodios de violencia, allá por los comienzos del S. XX.

En la actualidad, la precariedad en los modos de vida y trabajo subsiste en gran parte de los descendientes. Pero no sólo aquí es visible la falta de recursos: también se manifiesta en las investigaciones e información circulantes sobre la temática, escasas o nulas, y cuyos aportes son aún menos relevantes.

Juan Ángel Orellana, referente de la organización local Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala, nos informó que según datos obtenidos en encuestas informales realizadas en el año 2004, habitan en los territorios de Rafaela y Sunchales 84 familias descendientes de aborígenes.

Este sería el único registro que existe al respecto y, sin embargo, los mismos integrantes de la Comunidad hicieron hincapié en la inexactitud de tal medición, pues muchos de ellos no habían sido encuestados.

En conversaciones mantenidas con el profesor de historia Jerónimo Rubino, él afirmó que, sin dudas, el número de familias aborígenes en Rafaela es muy superior a 84. Pero hay que resaltar que muchas de estas personas no tienen conocimientos de su descendencia, sin contar a los que, aun sabiendo cuáles son sus orígenes, se niegan a reconocer su aboriginalidad por miedo, vergüenza u otros motivos que prefieren callar.

Según lo investigado por el propio Orellana, las tribus de las que provienen los pobladores originarios de la ciudad son 10 fundamentalmente: guaraníes, moqoit, qöm, diaguitas, wichí, sanavirones, comechingones, tonocotés, mapuches y charrúas.

Cabe recordar que en el Censo Nacional realizado el pasado año, se incluyeron dos preguntas que buscaban indagar en la descendencia de Pueblos Originarios y su actual situación (ver imagen), pero las mismas formaron parte del formulario extenso, que se realizaba en 1/10 viviendas, por lo cual los datos brindados al respecto no serán categóricos ni suficientes. De hecho, muchos de los descendientes a nivel local, nos informaron que no habían sido indagados al respecto.

De diferentes diálogos mantenidos con algunos descendientes que se están empezando a reconocer, gracias al trabajo de hormiga de Juan y su Comunidad, a los que se suman los datos que ellos mismos pudieron relevar informalmente, podemos inferir:

El modo de vida de esta población esta signado por la precariedad, en los trabajos y en las viviendas. Un alto porcentaje de los descendientes conocidos trabajan en oficios, en parte quizás por no poseer el nivel educativo que otros empleos en blanco suelen exigir.

La mayoría habita en barrios alejados del centro de la ciudad, como el barrio Monseñor Zazpe, el Jardín o el Güemes.
Una importante franja de esta población no ha finalizado el ciclo básico de la educación obligatoria (primaria y secundaria), por lo que existe entre descendientes un alto índice de deserción escolar. Este factor está intrínsecamente relacionado con su actual situación socioeconómica y las escasas posibilidades de movilidad y “ascenso” social.

En los casos de mayor maduración de la aboriginalidad, es decir, del asumirse, actuar y defender lo originario, existen descendientes que se rehúsan a acceder a la educación oficial por considerarla totalmente ajena a su realidad.

De hecho, las formas de ver la realidad de los pueblos originarios son absolutamente diferentes al ámbito oficial, donde una educación típicamente enciclopédica se opone en todos sus principios a la cultura ancestral. La educación milenaria de los Pueblos Originarios, variaba de acuerdo a la cultura y al contexto histórico-geográfico de cada comunidad, pero en todas ellas se manifestaron rasgos comunes, que aún hoy subsisten:

  • El aprender es un proceso que no parte de la teoría, sino de la experiencia.
  • La transmisión del saber en forma oral resulta fundamental en la cultura de los pueblos originarios.
  • Los grandes maestros aborígenes son los ancianos, los seres “más experimentados” de la comunidad.
  • En la educación ancestral, a diferencia de la nuestra, la “oficial”, sólo existe el verbo hiachi (saber), nos existen en cambio los verbos aprender ni enseñar. La diferencia fundamental entre estas dos formas de concebir al conocimiento es que, en la educación ancestral, el “alumno”, no es un ser “sin luz”, vacío de conocimientos; es un sujeto que sabe.
  • Además, los miembros de esta cultura tienen un profundo sentido comunitario. Vivir en comunidad es para ellos un privilegio. Nunca los intereses individuales pueden contradecir los objetivos comunes.

En materia educativa, sin embargo, hay algunos descendientes que constituyen la excepción: se han formado en carreras terciarias, han hecho cursos y han podido capacitarse y nutrirse de diversos saberes de la cultura dominante y de la cultura aborigen, ambas cuales les han sido muy útiles a la hora de analizar críticamente su historia.

El que no todos hayan tenido esta posibilidad quizás sea uno de los motivos por lo que muchos desconozcan su aboriginalidad.

En muchas ocasiones ocurre que sólo un miembro de la familia la reconoce e, incluso, una situación que se reitera, es la actitud de hostilidad y desconfianza que presentan los familiares del descendiente que se reconoce, hacia la Comunidad y todo el que se preocupe por su identidad.

Esto genera nefastas consecuencias, pues ellos no explicitan su descendencia, lo que dificulta el reconocimiento por parte de la sociedad, de la existencia de aborígenes en su ciudad. Mucha gente es indiferente a la problemática porque simplemente no la conoce, porque no ha podido enfrentarse cara a cara con sus descendientes. Esta apatía, a su vez, cala hondo en los descendientes que, una vez más, eligen el silencio. Así se genera un círculo vicioso que sólo se romperá cuando se produzca el acercamiento de una de las partes.

Como se puede apreciar en las breves líneas esbozadas, la realidad de los descendientes hoy es altamente compleja, heterogénea y se halla fragmentada por la fuerte influencia que ha ejercido la cultura dominante en ella.

Ahora bien, el lector se preguntará cómo se han obtenido estos datos de la realidad y las costumbres de los descendientes de tribus originarias en la ciudad: ha sido a través de la citada Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala, sus propios miembros y todos aquellos hermanos que, aunque no formen parte de la misma, mantienen un vínculo sostenido con ella.

Comunidad organizada

No todos saben que en nuestra ciudad existe una pequeña comunidad de hermanos organizados denominada Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala y encabezada por Juan Ángel Orellana, que intenta abarcar las diferentes realidades de los descendientes de aborígenes.

Están aquellos que asumen su identidad, otros (los menos) que además de asumirla, se han organizado; y por otra parte está la gran mayoría, aquellos que no se hacen cargo de su aboriginalidad por miedo, vergüenza, presiones o desconocimiento.

Este último sector, no es el que predomina en el país en una situación de destape y auge de las luchas sociales en agrupaciones organizadas, donde las grupos aborígenes son hoy protagonistas indiscutibles; pero sí es lamentablemente frecuente en una ciudad con tan particular idiosincrasia como la de Rafaela. El no te metas, el tené cuidado, el “está mal visto”, el qué dirán, los prejuicios, y una generación adulta de ideología mayoritariamente conservadora, hacen de Rafaela un lugar poco indicado para “animarse” y expresarse. Cabe aclarar que no sucede los mismo con la población joven de la ciudad.

Entre el pequeño grupo de descendientes que sí  asumen su identidad y han decidido organizarse junto a otros compañeros “blancos” que se suman a la causa, se halla  la Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala, que inicia su lucha en el ´90 neoliberal dando pasitos muy pequeños y forzosos, pero muy valiosos.

Su inquietud inicial nació de la realidad concreta: no existía (y aún no existe), otra organización que defendiera y reivindicara a la cultura aborigen en la ciudad.

En principio, unos primeros pioneros (Juan Ángel Orellana, Julio Montaña yÁngel Barreto), se unieron en una agrupación gaucha para salir a contar la verdadera historia de su pueblo, durante tantos años distorsionada por intelectuales que hablaban en su nombre, pero con voz ajena. Con el tiempo, la Comunidad fue priorizando objetivos y sistematizando su accionar.

Hoy, la Comunidad es un movimiento social que se encuentra inserto en la ciudad de Rafaela, con una historia rica y vasta en la cual los pocos descendientes que en principio la integraron, y los que luego se fueron sumando, son partícipes como actores políticos que buscan establecer un vínculo fuerte y constante con el resto de los ciudadanos de la ciudad.

Ellos apuntan a objetivos cuya consecución tendrá efectos sobre la totalidad de la sociedad rafaelina, tales como la creación de un centro cultural con un espacio propio, la integración de los habitantes de la localidad a las actividades de los pueblos originarios y planes habitacionales para que los descendientes obtengan una vivienda digna, entre otros.

A nivel local se reproduce la lógica mediática nacional y la participación de la Comunidad misma en los medios (ni hablar de los descendientes aislados) es escasa.

A fuerza de ser justos debemos decir que, lentamente, los medios rafaelinos, especialmente los gráficos, permiten que la Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala difunda alguna de sus actividades. De los dos diarios más importantes de la ciudad, La Opinión y Castellanos, hay una clara tendencia de apertura y aceptación por parte del primero, que se diferencia notablemente de la indiferencia del segundo.

En cuanto al canal local, “Somos Rafaela”, sólo les da espacio en aquellas fechas importantes en las que sus actividades adquieren relevancia, por ejemplo el tradicional Festejo de la Pachamama en el mes de Agosto. Generalmente, el tratamiento de estos eventos es meramente informativo, aunque adquieren el carácter de curiosidad o de novedad en determinados programas de interés general, como el ciclo Vida y Milagro.

El campo radiofónico en nuestra ciudad es más heterogéneo, porque depende de la ideología y las políticas de cada productor. Lo bueno es que la Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala cuenta con su propio programa en la Radio Raíces de mi Tierra, cuyo director, Oscar Alderete, presenta una actitud de apertura y acompañamiento a las luchas de las Comunidades Aborígenes.

Este auge en la intervención de los pueblos originarios en el campo mediático local se debe, en gran parte, a la conquista de medios de comunicación propios lograda por la agrupación. Con el paso de los años y la evolución en la cuestión organizativa, han generado espacios de expresión popular donde hacen oír su propia voz y, a su vez, escuchan la de los demás. En este trayecto, regado de obstáculos, se ha producido una evolución y un pasaje del canal oral, propio de la radio, los encuentros de reflexión internos y las charlas en diferentes instituciones educativas de la ciudad, al canal escrito, a través de la revista La Voz de los Pueblos Originarios y del blog: http://lavozdeawyayala.blogspot.com

Trabajo de hormiga

Ahora bien, el que se haya llegado a tan claro panorama de la realidad aborigen en Rafaela, tiene mucho que ver con la información recabada por la Comunidad en su diario contacto con los hermanos originarios, el seguimiento de sus luchas cotidianas, sus formas de vida y sus múltiples necesidades, camino que hemos podido compartir con ellos a lo largo de esta investigación.

¿Cómo se realiza la interacción entre los descendientes y la Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala? De diversas formas:

Por un lado, el referente de la agrupación, Juan Ángel Orellana, acompañado por algunos compañeros, lleva adelante visitas periódicas a los barrios donde habitan los demás descendientes.

Estas recorridas se hacen periódicamente y, con ellas, se busca propiciar un acercamiento, invitarlos a los encuentros de reflexión y las diversas actividades y celebraciones que organiza la Comunidad. Además, intentan conocer sus preocupaciones, opiniones y necesidades, y actuar al respecto para poder salvarlas.

El referente de la organización, considera que el mayor inconveniente se presenta al momento de convocarlos  para la asistencia y participación en los eventos.

Por otro lado, algunos de los descendientes de aborígenes, escuchan y leen los medios de comunicación de la Comunidad, aproximándose de esta forma a su cultura ancestral.

Cabe destacar que, todos y cada uno de los medios de comunicación de la agrupación, están a disposición de aquellos descendientes dispuestos a participar, aunque el panorama hasta el momento es bastante complicado, pues si ya les cuesta reconocerse, aún más difícil les resulta animarse a aparecer en ellos.

Para finalizar, es importante recalcar que los militantes activos de la organización, originarios o no, se reúnen periódicamente para planificar las próximas actividades y reflexionar sobre su situación y los cambios que se pueden generar para mejorarla. Entre sus preocupaciones principales, qué duda cabe, están las condiciones de vida de TODOS los descendientes de Pueblos Originarios de Rafaela. Constantemente están intentando generar nuevas formas de contacto y nuevos planes de ayuda, con el firme deseo de conocer y encontrar hermanos que se unan a su lucha y asuman su verdadera identidad.

Sin dudas, la Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala es el organismo más visible y propagador de la cultura ancestral.

Panorama a futuro

La acción de la Comunidad ha sido fundamental en la lucha y ha influido en diversos aspectos.

En principio, ha ido rompiendo poco a poco con la mirada tradicional del gringo hacia el aborigen, basada en el desconocimiento, el miedo y una fuerte concepción de época, propia de fines del S.XIX, que asociaba directamente al indígena con la barbarie, el salvajismo, la ignorancia, el saqueo y todo aquello que atentaba contra el progreso.

El hecho de que hoy en día los ciudadanos de Rafaela reconozcan y hasta, alguno de ellos, se identifiquen con los objetivos de la Comunidad Pueblos Originarios de Awyayala, constituye un avance de gran significancia.

Este logro se debe principalmente a la importancia de que los miembros de la organización empezaran a asumir la importancia de la Comunicación.

Sus medios siguen siendo precarios y de poco alcance, pero hay que reconocer que el rol y las posibilidades de Internet son inmensas y han propiciado en gran manera la difusión de la cultura y los eventos organizados por la Comunidad.

El camino recorrido es largo y está sembrado de pequeños triunfos. El que queda por recorrer es aún más vasto e incierto, pero con mayores posibilidades de reivindicación y esperanza…

En cuanto a los modos de vida y la realidad socioeconómica de todos los descendientes a nivel local debemos decir que es muy poco lo que se ha hecho por fuera de la citada organización. Faltan registros, legislación, políticas y acción. No hay ordenanzas de ningún tipo que regulen a estas poblaciones, les otorguen algún trato especial vinculado a la reivindicación cultural o a su propia condición de pobreza. El único gesto que se recuerda, en la pasada gestión de Omar Perotti, es la invitación a los miembros de la Comunidad de Awyayala a participar de la Comisión de Promoción de la Cultura, que ellos aceptaron en un comienzo para luego renunciar, a causa de divergencias internas.

El resumen es breve, la deuda grande.
Aunque en materia política, el cambio de gestión trae nuevas y mejores esperanzas, nuevos bríos a una lucha tan antigua como vigente…
A seguir luchando, desde su cotidianeidad, desde su comunidad, desde la organización, a seguir luchando hermanos, como lo vienen haciendo desde hace tantos siglos.

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